Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas «¡Qué niña tan insensible! —pensé—. Con qué ligereza olvida los sinsabores de su antiguo compañero de juegos. No me la podía imaginar tan egoísta». Se llevó un bocado a los labios, luego lo volvió a dejar, se le ruborizaron las mejillas y las lágrimas chorrearon por ellas. Dejó caer el tenedor al suelo y rápidamente se metió bajo el mantel para ocultar su emoción. Ya no volví a llamarla insensible, porque me di cuenta del purgatorio por el que estaba pasando todo el día y que trataba incansablemente de encontrar una oportunidad para quedarse sola, o para hacer una visita a Heathcliff, a quien el amo había encerrado, como descubrí al intentar llevarle una secreta ración de vituallas.