Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Bebió el licor y nos despidió con impaciencia, terminando la orden con una serie de horribles imprecaciones, demasiado espantosas para repetirlas o recordarlas.
—¡Qué lástima que no se mate a fuerza de beber! —observó Heathcliff, devolviéndole entre dientes un eco de maldiciones cuando se cerró la puerta—. Hace todo lo que puede, pero su naturaleza le desafía. El señor Kenneth dice que apostaría su yegua a que vivirá más que cualquier hombre de este lado de Gimmerton, y que irá a la tumba siendo un pecador con canas, a menos que le ocurra por afortunada casualidad algo fuera de lo normal.
Entré en la cocina, me senté y me puse a arrullar a mi niño para que se durmiera. Pensé que Heathcliff había cruzado hacia el granero. Resultó después que sólo había ido hasta el otro lado del escaño, se había echado en un banco junto a la pared, lejos del fuego, y permanecía en silencio.
Yo estaba meciendo a Hareton en mis rodillas y tarareando una canción que empezaba:
En la noche oscura, los niños lloraban,
y bajo tierra, las madres les escuchaban[22]…
cuando la señorita Cathy, que había oído la bronca desde su habitación, asomó la cabeza y susurró:
—¿Estás sola, Nelly?
—Sí, señorita —respondí.