Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas «¡Muy bien! —dije para m×. ¡Date por avisado y vete! Es un detalle por su parte que te haya permitido ver un atisbo de su verdadero carácter».
—¿Adónde vas? —preguntó Catherine, adelantándose hacia la puerta.
Él se hizo a un lado e intentó pasar.
—¡No debes irte! —exclamó ella con energÃa.
—¡Debo irme y me iré! —replicó él con voz débil.
—No —insistió ella, cogiendo la manilla de la puerta—. TodavÃa no, Edgar Linton, siéntate, no puedes dejarme en este estado. EstarÃa triste toda la noche y no quiero estar triste por tu culpa.
—¿Puedo quedarme después de haberme abofeteado? —preguntó Linton.
Catherine enmudeció.
—Me has hecho sentir miedo y vergüenza de ti —continuó él—. ¡No volveré a esta casa!
Los ojos de Catherine empezaron a brillar y sus párpados temblaron.
—¡Y has mentido deliberadamente! —dijo él.
—¡No es cierto! —gritó ella recobrando el habla—. No he hecho nada deliberadamente. Bueno, vete si quieres… vete. Y ahora lloraré… lloraré hasta enfermar.