Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Entró y se acercó a la chimenea. Yo, suponiendo que iba a decir algo, la miré. La expresión de su rostro era de inquietud y angustia. Tenía los labios entreabiertos como si quisiera hablar y respiró, pero el aliento se le escapó en un suspiro, en lugar de una frase. Continué con mi canción, pues no había olvidado su conducta reciente.
—¿Dónde está Heathcliff? —dijo, interrumpiéndome.
—Haciendo su trabajo en el establo —fue mi respuesta.
Él no me contradijo, quizá se había adormilado. Siguió otra larga pausa, durante la cual vi resbalar una o dos lágrimas desde las mejillas de Cathy a las losas. «¿Estará arrepentida de su vergonzosa conducta? —me pregunté—. Sería una novedad, pero ya lo dirá cuando quiera… ¡no la ayudaré!». No, bien poca pena sentía ella por nada, salvo por lo que le concernía.
—¡Ay, Nelly, soy muy desgraciada! —dijo al fin.
—¡Qué lástima! —observé—. Es usted difícil de complacer. ¡Tantos amigos y tan pocos cuidados, y no logra ser feliz!
—Nelly, ¿me guardarás un secreto? —prosiguió, arrodillándose a mi lado y levantando hacia mí sus encantadores ojos con aquella mirada que le quita a uno el mal humor, aunque tenga toda la razón del mundo para tenerlo.