Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Vale la pena guardarlo? —pregunté menos malhumorada.
—SÃ, y me preocupa y tengo que soltarlo. Quiero saber qué he de hacer. Hoy Edgar Linton me ha pedido que me case con él y le he dado una respuesta. Ahora bien, antes de que yo te diga si ha sido un consentimiento o una negativa, dime tú cuál debiera haberle dado.
—Realmente, señorita Catherine, ¿cómo voy a saberlo? —respond×. Desde luego que, considerando la escena que usted representó en su presencia esta tarde, yo dirÃa que lo prudente serÃa rechazarle, puesto que se lo pidió después de eso, tiene que ser o un estúpido sin remedio, o un loco temerario.
—Si hablas asà no te digo nada más —replicó malhumorada, poniéndose de pie—. He aceptado, Nelly. Rápido, dime si lo he hecho mal.
—¿Le ha aceptado? Entonces, ¿para qué discutir el asunto? Ha comprometido su palabra y no puede retroceder.
—¡Pero dime si deberÃa haberlo hecho… dilo! —exclamó en tono irritado, restregándose las manos y frunciendo el ceño.
—Hay que considerar muchas cosas antes de poder responder con propiedad a esa pregunta —dije, sentenciosamente—. Lo primero y más importante: ¿ama al señor Edgar?
—Y ¿quién no? Desde luego que sà —respondió. Entonces la sometà al siguiente interrogatorio que para una chica de veintidós años no era imprudente.