Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Cayó de rodillas junto a una silla y rompió a llorar con toda su alma. Edgar perseveró en su resolución hasta llegar al patio, allí vaciló. Yo decidí animarle.
—La señorita es terriblemente caprichosa —exclamó—. Tan mala como cualquier niño mimado, es mejor que se vaya a casa, de lo contrario se pondrá mala sólo para fastidiarnos.
El pobrecillo miró de reojo por la ventana. Tenía la misma capacidad para marcharse que un gato para dejar a un ratón medio muerto, o a un pájaro a medio comer. «Ah —pensé— no tiene salvación. ¡Está condenado y vuela a su destino!» Y así fue. Se volvió de repente, corrió a la sala de nuevo, cerró la puerta tras de sí y, cuando entré al cabo de un rato para informarles que Earnshaw había vuelto a casa borracho perdido, dispuesto a ponerla patas arriba (lo que acostumbraba a hacer en ese estado), vi que la pelea no había hecho más que estrechar la intimidad, había roto las defensas de la timidez juvenil y les había capacitado para abandonar el disfraz de la amistad y confesarse enamorados.