Cumbres Borrascosas

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Nuestra señorita nos volvió aún más insolente, irascible y altiva que nunca. De Heathcliff no se había sabido nada desde la tarde de la tormenta. Un día que me había irritado en extremo, tuve la mala fortuna de echarle la culpa de su desaparición, como era la verdad y bien lo sabía ella. Desde entonces, durante varios meses, rompió toda comunicación conmigo, salvo en la relación de pura criada. Joseph cayó también bajo su exclusión. Él decía lo que pensaba y la sermoneaba, de todas formas, como si fuera una niña pequeña, y ella se consideraba una mujer, y además el ama, y creía que su reciente enfermedad le daba derecho a ser tratada con consideración. También el médico había dicho que no podría soportar muchos enfados. Había que dejarle salirse con la suya. Que alguien intentara hacerle frente o contradecirla era, a sus ojos, poco menos que un crimen. Del señor Earnshaw y sus compañeros se mantenía alejada. Advertido por Kenneth, y ante las serias amenazas de ataque que a menudo acompañaban a sus furias, su hermano le daba todo lo que le apetecía pedir, y por lo general evitaba agravar su furioso temperamento. Era demasiado indulgente en acceder a sus caprichos, no por afecto, sino por vanidad. Deseaba seriamente que honrara a la familia mediante una alianza con los Linton y, mientras lo dejara en paz, poco le importaba que nos pisoteara como a esclavos. Edgar Linton, como tantísimos otros antes y después que él, estaba encaprichado, y se creyó el hombre más feliz de la tierra el día que la condujo a la capilla de Gimmerton, tres años después de la muerte de su padre.


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