Cumbres Borrascosas

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Hindley le prodigó un torrente de desdeñosos insultos y le ordenó que se fuera a su habitación inmediatamente, o no lloraría en vano. Yo la obligue a obedecer y no olvidaré nunca la escena que me hizo cuando llegamos a su alcoba. Me aterró. Creí que se estaba volviendo loca y le pedí a Joseph que fuera corriendo a buscar al médico. Era un principio de delirio. El señor Kenneth, en cuanto la vio, la declaró gravemente enferma. Tenía fiebre. La sangró y me dijo que no le dejara tomar más que suero y agua de avena, y que tuviera cuidado de que no se tirara por las escaleras o por la ventana. Y luego se marchó, pues tenía bastante que hacer en la parroquia, donde dos o tres millas es la distancia normal entre casa y casa.

Aunque no puedo decir que fuera una enfermera afable, ni que Joseph y el amo lo fueran mejores, y a pesar de que nuestra enferma fuera la más pesada y terca que se pueda encontrar, se recuperó. La anciana señora Linton nos hizo varias visitas, claro está, y enderezaba las cosas, y nos reñía y daba órdenes a todos. Y cuando Catherine estuvo convaleciente, insistió en llevársela a la Granja de los Tordos. Liberación por la que le quedamos muy agradecidos. Pero la pobre señora tuvo pronto motivos para arrepentirse de su bondad, porque tanto ella como su marido cogieron la fiebre y murieron con pocos días de diferencia el uno del otro.


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