Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Pasa, qué bien! —exclamó el ama alegremente, acercando una silla al fuego—. Aquà hay dos personas en triste necesidad de una tercera para romper el hielo entre ellas. Y tú eres precisamente la que las dos elegirÃamos. Heathcliff, estoy orgullosa de mostrarte al fin a alguien que te adora más que yo. Espero que te sientas halagado. ¡No, no es Nelly, no la mires! Es a mi pobre cuñadita a la que se le parte el corazón sólo con contemplar tu belleza fÃsica y moral. ¡Está en tu poder ser hermano de Edgar! ¡No, no, Isabella, no te escaparás! —continuó, reteniendo con fingida guasa a la desconcertada niña que se habÃa levantado indignada—. Estuvimos peleando como gatos por ti, Heathcliff, y me ha vencido limpiamente con sus protestas de cariño y admiración. Es más, me ha informado de que con sólo que yo tuviera la buena educación de mantenerme aparte, mi rival —como ella se considera— lanzarÃa a tu corazón una flecha que se te clavarÃa para siempre y mandarÃa mi imagen al eterno olvido.
—¡Catherine! —dijo Isabella armándose de dignidad y desdeñando resistir el apretado puño que la retenÃa—. ¡Te agradeceré que te atengas a la verdad y no me calumnies, ni aun en broma! Señor Heathcliff, tenga la bondad de decir a su amiga que me suelte. Olvida que usted y yo no somos amigos Ãntimos, y lo que a ella le divierte a mà me resulta indeciblemente doloroso.