Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Me sobrecogí, la vista me engañó haciéndome creer momentáneamente que el niño levantaba la cara y miraba directamente a la mía. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos, pero inmediatamente sentí un deseo irresistible de estar en las Cumbres. La superstición me apremió a satisfacer ese impulso: «¿Y si hubiera muerto? —pensé—, ¿o fuera a morirse pronto?, ¿y si fuera un presagio de muerte?». Cuanto más me acercaba a la casa, mayor era mi agitación, y cuando la vi, temblaba de pies a cabeza. La aparición se me había adelantado y estaba mirando a través de la verja. Ésa fue mi primera idea al ver a un niño con rizos de duende y ojos castaños, que apoyaba su rubicundo rostro contra los barrotes. Una reflexión posterior me sugirió que debía de ser Hareton, mi Hareton, que no había cambiado gran cosa desde que le dejé hacía diez meses.

—¡Dios te bendiga, cariño! —grité, olvidando al instante mis locos temores—: Hareton, soy Nelly, Nelly, tu niñera.

Se retiró de mi alcance y cogió una piedra grande.

—He venido a ver a tu padre, Hareton —añadí, suponiendo por su acción que a Nelly, si es que aún vivía en su memoria, no la reconocía en mi persona.


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