Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Levantó su proyectil para lanzarlo. Yo empecé un discurso de apaciguamiento, pero no pude detener su mano. La piedra me dio en el sombrero y a continuación de los balbucientes labios del pequeño brotó una sarta de palabrotas que, las entendiera o no, estaban dichas con experimentado énfasis y distorsionaban sus facciones infantiles en una espantosa expresión de maldad. Puede usted estar seguro de que me dio más pena que ira. A punto de llorar, cogà una naranja del bolsillo y se la ofrecà para aplacarle. Dudó, y luego me la arrancó de la mano como si se imaginara que sólo querÃa tentarle y engañarle. Le enseñé otra, manteniéndola fuera de su alcance.
—¿Quién te ha enseñado esas bonitas palabras, mi niño? —pregunté—. ¿El coadjutor?
—¡Maldito sea el coadjutor y tú! Dame eso —respondió.
—Dime dónde has aprendido esas lecciones y te lo daré —le dije yo—. ¿Quién es tu maestro?
—El diablo de papá —fue su respuesta.
—Y ¿qué aprendes de papá? —continué.
Saltó a la fruta. Yo la levanté más.
—¿Qué te enseña? —le pregunté.
—Nada —contestó—, sólo a estar lejos de él. Papá no me puede soportar porque le maldigo.