Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La impasibilidad con que recibà estas instrucciones era, sin duda, exasperante, porque me las transmitió con absoluta sinceridad, pero yo creÃa que una persona que podÃa planear de antemano el giro que darÃa a sus ataques de ira, podÃa, con fuerza de voluntad, dominarse a sà misma lo suficiente, aun bajo la influencia de tales ataques. Y no querÃa ser yo quien «asustara» a su marido, como dijo ella, ni multiplicar sus disgustos con el fin de servir al egoÃsmo de Catherine. Por lo tanto, cuando encontré al amo que venÃa hacia la salita no le dije nada, pero me tomé la libertad de retroceder para escuchar si reanudaban la pelea. Él habló primero:
—Quédate donde estás, Catherine —dijo, sin ira en la voz, pero con penoso desaliento—. No me voy a quedar. No he venido ni para pelear, ni para reconciliarme. Sólo quiero saber si, después de los acontecimientos de esta tarde, piensas continuar tu intimidad con…
—¡Oh, por favor! —interrumpió la señora, dando una patada en el suelo—. ¡Por favor, no hablemos más de esto! Tu sangre frÃa es incapaz de calentarse, tus venas están llenas de agua helada. Las mÃas están hirviendo y la vista de tal frialdad las pone en danza.