Cumbres Borrascosas

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—Para librarte de mí, contesta a mi pregunta —insistió el señor Linton—. Tienes que contestármela, y esa violencia no me alarma. He descubierto que puedes ser tan estoica como cualquiera cuando quieres. ¿Vas a prescindir de Heathcliff en adelante, o vas a prescindir de mí? Es imposible que seas al mismo tiempo su amiga y mi amiga, y absolutamente exijo saber a quién escoges.

—¡Yo exijo que me dejes en paz! —exclamó Catherine furiosa—. ¡Te lo exijo! ¿No ves que apenas puedo tenerme en pie? ¡Edgar, déjame… déjame!

Tiró del cordón de la Campanilla hasta que se rompió con un chasquido. Entré con calma. Aquellas insensatas y malvadas rabietas bastaban para poner a prueba la paciencia de un santo. Allí estaba, tendida, dándose con la cabeza contra el brazo del sofá y rechinando los dientes, como si quisiera hacerlos astillas. El señor Linton se quedó mirándola con súbito arrepentimiento y temor. Me dijo que fuera a buscar algo de agua. Ella no tenía aliento para hablar. Traje un vaso lleno y, como no quería beber, le rocié la cara. En pocos segundos se puso rígida, con los ojos en blanco, mientras sus mejillas, de inmediato descoloridas y lívidas, adquirían el aspecto de la muerte. Linton parecía aterrorizado.

—No es nada importante —susurré. Yo no quería que él cediera, aunque no podía por menos de tener mucho miedo.

—¡Tiene sangre en los labios! —dijo estremeciéndose.


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