Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡No se preocupe! —contesté con sequedad. Y le conté cómo ella estaba decidida, antes de que él viniera, a dar el espectáculo de un ataque de locura. Tuve la poca precaución de contárselo en voz alta y ella me oyó, pues se puso en pie… el pelo flotando sobre sus hombros, los ojos llameando, los músculos del cuello y de los brazos sobresaliendo prodigiosamente. Di por descontado que acabarÃa yo con algún hueso roto por lo menos, pero sólo miró a su alrededor un instante y luego salió apresuradamente de la habitación. El amo me indicó que la siguiera, lo hice hasta la puerta de su alcoba, donde me impidió que siguiera adelante, cerrándola.
Como no bajó a desayunar a la mañana siguiente, subà a preguntarle si querÃa que se le subiera algo.
—No —dijo, categóricamente.