Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas No podía soportar la idea que yo le había metido en la cabeza acerca de la filosófica resignación de su marido. Agitándose de acá para allá, aumentó su febril extravío hasta la locura y desgarró la almohada con los dientes. Luego se levantó, toda ardiendo, y quiso que abriera la ventana. Estábamos en pleno invierno, el viento soplaba con fuerza del noreste, y me opuse. Tanto las fugaces expresiones de su rostro como sus cambios de humor empezaron a alarmarme terriblemente y me trajeron a la memoria su enfermedad anterior y la recomendación del doctor de que no se la debía contrariar. Un minuto antes estaba violenta, ahora, apoyada en un brazo y sin advertir que no le había obedecido, parecía encontrar infantil diversión en sacar las plumas por los desgarrones que acababa de hacer y en alinearlas sobre la sábana según sus distintas especies: su mente se había desviado hacia otras asociaciones.