Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Le cogí la mano y le rogué que se tranquilizara, pues una sucesión de temblores convulsionaba su cuerpo, y seguía con la mirada fija en el espejo.

—¡Aquí no hay nadie! —insistí—. Era usted misma, señora Linton, hace un momento lo sabía usted.

—¡Yo misma! —jadeó—. ¡Y el reloj está dando las doce! ¡Entonces es verdad! ¡Qué horror!

Sus dedos agarraban las ropas de la cama y se tapaba los ojos con ellas. Intenté deslizarme hacia la puerta con la intención de llamar a su marido, pero un penetrante chillido me hizo volver… el chal se había caído del espejo.

—Vaya, ¿qué es esto, qué pasa? —exclamé yo—. ¿Quién es cobarde ahora? ¡Despierte! Es el espejo… el espejo, señora Linton. Se ve a sí misma y ahí estoy yo también, a su lado.

Temblando y desconcertada, me sujetó con fuerza, pero el horror desapareció poco a poco de su semblante y su palidez dio paso a un sonrojo de vergüenza.

—¡Oh, Dios mío! Creí que estaba en casa —suspiró—. Creí que estaba acostada en mi alcoba de Cumbres Borrascosas. Estoy débil, tengo la cabeza aturdida, y grité inconscientemente. No digas nada, pero quédate conmigo. Me aterra dormirme, los sueños me horrorizan.

—Un buen sueño le haría bien, señora —respondí—, y espero que estos sufrimientos le impidan volver a intentar morir de hambre.


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