Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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—Veo en ti, Nelly —continuó como soñando—, una vieja de pelo blanco y espaldas encorvadas. Esta cama es la Cueva de las Hadas bajo el Risco de Peniston, y tú estás recogiendo puntas de flecha de pedernal para herir a nuestras novillas, fingiendo, cuando estoy cerca, que no son más que copos de lana. Así serás dentro de cincuenta años, ya sé que ahora no eres así. No estoy delirando: estás equivocada, de lo contrario, creería que eras de verdad esa marchita bruja, y que yo estaba bajo el Risco de Peniston, pero soy consciente de que es de noche y que hay dos velas sobre la mesa que hacen que el armario negro brille como el azabache.

—¿El armario negro? ¿Dónde está? —pregunté—. ¡Está usted hablando en sueños!

—Está contra la pared, como siempre —respondió—. ¡Qué extraño parece… veo un rostro en él!

—No hay armario en la habitación, y nunca lo ha habido —dije yo, volviéndome a sentar y recogiendo la cortina de la cama para poder vigilarla.

—¿No ves esa cara? —preguntó, mirando fijamente al espejo.

Por más que le dije fui incapaz de hacerle comprender que era su propia cara, así que me levanté y cubrí el espejo con un chal.

—¡Todavía está ahí detrás! —insistió, angustiada—, y se ha movido. ¿Quién es? ¡Espero que no salga cuando te vayas! ¡Oh, Nelly, este cuarto está hechizado! ¡Tengo miedo de quedarme sola!


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