Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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—Bueno, pues parece un número insoportable de horas —murmuró incrédula—. Deben de ser más. Recuerdo que estaba en la salita después de pelearse ellos, que Edgar fue cruelmente provocativo y que yo corrí a esta habitación desesperada. Nada más echar el cerrojo, me sobrevino una completa oscuridad y caí al suelo. No podía explicarle a Edgar lo segura que estaba de tener un ataque, o enloquecer de ira, si seguía molestándome. Había perdido el dominio de mi lengua, o de mi cabeza y quizá él no adivinara mi agonía, pero apenas si me quedaba sentido para intentar huir de él y de su voz. Antes de que me recuperara lo suficiente para ver y oír, empezó a amanecer y, Nelly, te contaré lo que pensé y lo que me venía a la cabeza una y otra vez, hasta que temí perder la razón. Tendida ahí con la cabeza contra la pata de la mesa y mis ojos distinguiendo borrosamente el cuadro gris de la ventana, pensaba que estaba encerrada en la cama de los tableros de roble de mi casa, y que mi corazón sufría por un gran dolor que, al despertar, no recordaba. Reflexioné, y estaba inquieta por descubrir lo que podía ser y, cosa rara, los siete últimos años de mi vida estaban en blanco. ¡No podía recordar ni que hubieran existido en absoluto! Yo era una niña, acababan de enterrar a mi padre, y mi dolor procedía de la separación que Hindley había ordenado entre Heathcliff y yo. Estaba sola por primera vez y, al despertar de un triste duermevela, después de una noche de llanto, levanté la mano para descorrer los tableros y golpeé la mesa, la pasé por la alfombra y entonces súbitamente recuperé la memoria. Mi reciente angustia quedó ahogada en un paroxismo de desesperación. No puedo decir por qué me sentía tan terriblemente desdichada, debe de haber sido una enajenación pasajera porque apenas hay motivo. Pero imagínate que a los doce años hubiera sido arrancada de las Cumbres y de todos mis primeros recuerdos y de mi amigo del alma, como lo era entonces Heathcliff, y me hubiera con vertido de golpe en la señora Linton, la dueña de la Granja de los Tordos y la esposa de un extraño, una exiliada, y desterrada en adelante de todo lo que había sido mi mundo. ¡Puedes vislumbrar el abismo en que me arrastraba! ¡Mueve la cabeza tanto como quieras, Nelly, pero tú has contribuido a mi perturbación! ¡Debías haberle hablado a Edgar, sí, debías, y obligarle a que me dejara tranquila! ¡Oh, estoy ardiendo! ¡Ojalá estuviera al aire libre! ¡Ojalá volviera a ser una niña, medio salvaje, robusta y libre, y reírme de los insultos, no enloquecer por culpa suya! ¿Por qué estoy tan cambiada? ¿Por qué mi sangre hierve en infernal tumulto por unas palabras? Estoy segura de que volvería a ser yo misma si me encontrara de nuevo entre los brezos de aquellas colinas. Abre otra vez la ventana de par en par y sujétala abierta. Rápido, ¿por qué no te mueves?


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