Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Esta noticia me llenó de nuevos temores. Me adelante a Kenneth e hice la mayor parte del camino corriendo. El perrito estaba todavía aullando en el jardín. Me detuve un minuto a abrirle la verja, pero, en lugar de ir hacia la puerta de la casa, corrió de un lado para otro, olfateando hierba, y se hubiera escapado al camino si no lo hubiera cogido y llevado conmigo. Subí al cuarto de Isabella y mis sospechas se confirmaron: estaba vacío. Si hubiera estado allí unas horas antes, puede que la enfermedad de la señora Linton hubiera podido detener su alocado paso. Pero ¿qué se podía hacer ahora? Había una remota posibilidad de alcanzarles, si se les perseguía inmediatamente. Pero yo no podía perseguirles, ni me atrevía a levantar a la familia y llenar la casa de confusión, menos aún a descubrirle el asunto a mi amo, absorto como estaba en su presente desgracia y sin corazón para un nuevo dolor. Vi que lo único que podía hacer era callarme y dejar que las cosas siguieran su curso y, como Kenneth había llegado, fui a anunciarle con el semblante totalmente descompuesto. Catherine dormía con sueño inquieto. Su marido había logrado calmar su acceso de frenesí y ahora estaba inclinado sobre su almohada observando cada matiz y cada cambio de sus facciones penosamente expresivas.




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