Cumbres Borrascosas

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El doctor, observando el caso, le dio esperanzas de un desenlace feliz, sólo con que consiguiéramos mantener a su alrededor una tranquilidad perfecta y constante. Para mí lo que quiso decir fue que el peligro que la amenazaba no era tanto la muerte como la enajenación permanente.

Aquella noche no cerré los ojos, tampoco el señor Linton. Ni siquiera nos acostamos. Y los criados estaban todos levantados mucho antes de la hora acostumbrada, andando por la casa con pasos furtivos e intercambiando cuchicheos cuando se encontraban en sus quehaceres. Todos estaban activos menos la señorita Isabella, y empezaron a comentar lo profundamente que dormía. Su hermano también preguntó si se había levantado y parecía impaciente por verla y molesto de que mostrase tan poco interés por su cuñada. Estaba temblando de que me mandara a mí a llamarla, pero me libré de la molestia de ser la primera en anunciar su fuga. Una de las criadas, una chica atolondrada, que había ido a un recado temprano a Gimmerton, subió jadeante, con la boca abierta e irrumpió en la alcoba gritando:

—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué va a pasar ahora? Señor, señor, nuestra señorita…

—¡No des esas voces! —le grité apresuradamente, irritada por sus ruidosas maneras.

—Habla más bajo, Mary. ¿Qué pasa? —dijo el señor Linton—. ¿Qué le duele a tu señorita?


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