Cumbres Borrascosas

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—Bueno, me encontré en el camino a un chico que viene aquí a por leche —balbuceó—, y me preguntó si no teníamos problemas en la Granja. Creí que lo decía por la enfermedad de la señora, así que contesté que sí. Entonces dice: «habrá salido alguien tras ellos, supongo». Le miré pasmada. Vio que no sabía nada y me dijo que un caballero y una señora se habían detenido para que les herraran un caballo en una herrería a dos millas de Gimmerton, no mucho después de la medianoche y que la hija del herrero se había levantado para espiar quiénes eran. Los conoció a los dos enseguida. Se fijó que el hombre —era Heathcliff, estaba segura, nadie le podría confundir, además— pagó con un soberano[24] que le puso a su padre en la mano. La señora tenía la cara tapada con una capa, pero pidió un poco de agua y, al beber, se le cayó hacia atrás, y la vio muy bien. Heathcliff sujetaba las dos riendas al cabalgar. Volvieron la espalda al pueblo, y se fueron tan deprisa como los malos caminos les permitían. La chica no dijo nada a su padre, pero esta mañana lo contó por todo Gimmerton.

Subí corriendo y me asomé, por pura fórmula, al cuarto de Isabella, confirmando a mi vuelta, lo afirmado por la criada. El señor Linton había vuelto a su asiento junto a la cama. Al volver a entrar yo, levantó los ojos, leyó el significado en mi aspecto inexpresivo, y los bajó de nuevo, sin dar una orden, ni decir palabra.


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