Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Un libro estaba abierto en el antepecho de la ventana ante ella y el viento, apenas perceptible, hacía revolotear sus hojas a intervalos. Creo que Linton lo había dejado allí, pues ella nunca trataba de distraerse leyendo, ni con ocupación de ningún género, y él pasaba muchas horas tratando de atraer su atención hacia temas que antes la habían divertido. Ella era consciente de su intención, y en los momentos de mejor humor soportaba sus esfuerzos plácidamente, sólo mostraba su inutilidad de vez en cuando, reprimiendo un hastiado suspiro, y deteniéndole al fin con los besos y sonrisas más tristes. Otras veces se volvía enfurruñada y se tapaba la cara con las manos y hasta le empujaba airadamente, y entonces él tenía cuidado de dejarla sola, porque estaba seguro de que no le hacía bien.

Las campanas de la capilla de Gimmerton seguían repicando y llegaba tranquilizador a nuestros oídos el fluir, rebosante y suave, del arroyo en el valle. Era un dulce sustituto del todavía ausente murmullo del follaje veraniego, que ahogaba esta música en la Granja cuando los árboles habían echado hojas. En Cumbres Borrascosas siempre sonaba en días plácidos, siguiendo a un gran deshielo o a una temporada de lluvia continua. Y en Cumbres Borrascosas estaba Catherine pensando mientras escuchaba, si es que pensaba y escuchaba en absoluto, pues tenía aquella mirada vaga y distante que antes he mencionado y que no expresaba reconocimiento de nada material ni por el oído ni por la vista.


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