Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Hay una carta para usted, señora Linton —dije, poniéndola suavemente en la mano que descansaba en su rodilla—. Tiene que leerla enseguida porque requiere contestación. ¿Rompo el sello?
—Sà —contestó sin alterar la dirección de sus ojos. La abrÃ… era muy breve.
—Ahora —continué— léala.
Apartó la mano y la dejó caer. La volvà a poner en su regazo y estuve esperando hasta que le pareciera bien echarle una mirada, pero ese movimiento se demoró tanto que al fin continué:
—¿Se la leo, señora? Es del señor Heathcliff.
Tuvo un sobresalto, un preocupado atisbo de recuerdo y una lucha por ordenar sus ideas. Levantó la carta, parecÃa leerla, y cuando llegó a la firma suspiró, pero descubrà que no se habÃa enterado de su contenido, porque, al desear yo que me diera su respuesta, ella sólo señalaba el nombre y me miraba con dolorida e inquisitiva ansiedad.
—Bueno, quiere verla —dije, adivinando su necesidad de un intérprete—. Está en el jardÃn ahora mismo, impaciente por saber qué respuesta le voy a llevar.