Cumbres Borrascosas

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Mientras hablaba observé que un perro grande, tumbado en la hierba soleada de abajo, levantaba las orejas como si fuera a ladrar y luego, agachándolas de nuevo, anunciaba, por el movimiento del rabo, que se acercaba alguien a quien no consideraba un extraño. La señora Linton se inclinó hacia adelante y escuchó conteniendo el aliento. Un minuto después unos pasos cruzaban el vestíbulo. La casa abierta era demasiado tentadora para que Heathcliff se resistiera a entrar. Lo más probable es que temiera que yo me inclinara por no cumplir mi promesa y decidió confiar en su propia audacia. Con tensa ansiedad miró Catherine hacia la entrada de su alcoba. Él no acertó directamente con la habitación y ella me hizo señas de que le hiciera pasar, pero la encontró antes de que yo alcanzara la puerta y en una o dos zancadas estaba a su lado y la estrechaba entre sus brazos.

No habló, ni la soltó durante unos cinco minutos, y aseguraría que le dio más besos en ese tiempo que los que había dado en toda su vida. Pero fue mi ama la que le besó primero, y vi claramente que, de puro dolor, él apenas podía soportar mirarla a la cara. Desde el instante en que la vio le había sobrecogido la misma convicción que a mí de que allí no había ninguna esperanza de una verdadera recuperación… estaba destinada, indudablemente, a morir.


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