Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Estás poseÃda del demonio —prosiguió con ferocidad— para hablarme de este modo, cuando te estás muriendo? ¿Te das cuenta de que todas esas palabras quedarán marcadas con hierro candente en mi memoria y que me estarán reconcomiendo eternamente, cada vez más hondo, cuando me hayas dejado? Tú sabes que mientes cuando dices que te he matado y sabes, Catherine, que antes me olvidarÃa de mi propia existencia que de ti. ¿No le basta a tu diabólico egoÃsmo que mientras tú descanses en paz yo me retuerza en los tormentos del infierno?
—Yo no descansaré en paz —gimió Catherine, recayendo en una sensación de debilidad fÃsica debido a los violentos y desiguales latidos de su corazón que palpitaba de forma visible y audible bajo aquel exceso de agitación. No dijo nada más hasta que hubo terminado el paroxismo, luego continuó más amablemente:
—No te deseo más tormento del que yo tengo, Heathcliff. Sólo quisiera que no nos separáramos nunca y, si en adelante una palabra mÃa te duele, piensa que el mismo dolor siento yo bajo tierra, ¡y por mi amor, perdóname! ¡Ven aquà y arrodÃllate de nuevo! Nunca en tu vida me has hecho daño. ¡No, y si alimentas algún enojo, eso será peor de recordar que mis duras palabras! ¿No vas a volver a venir? ¡Ven!