Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas No respondió a esta imprecación, se limitó a bajar con obstinada pesadez los escalones de madera y a detenerse ante una habitación que, por la forma de pararse y la buena calidad de los muebles, conjeturé que era la mejor. Había una alfombra, buena, pero con el dibujo borrado por el polvo; una chimenea con adornos de papel que se caían a pedazos; una hermosa cama de madera de roble con amplias cortinas rojas de tela cara y corte moderno, pero que habían sufrido un evidente maltrato: las cenefas colgaban en festones, arrancadas de sus anillas, y la barra de hierro que las sujetaba estaba arqueada por un lado, haciendo que las cortinas se arrastraran por el suelo. Las sillas también estaban estropeadas, muchas considerablemente, y profundas muescas deformaban las tablas de las paredes. Estaba tratando de armarme de valor para entrar y tomar posesión de ella, cuando el loco de mi guía anunció:
—Ésta es la del amo.
Para entonces la cena se había enfriado, se me había ido el apetito y agotado la paciencia. Insistí en que me proporcionaran inmediatamente un sitio de refugio y medios de reposo.