Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Y así siguió regañándome según bajaba a su madriguera, llevándose la vela y dejándome a oscuras. El momento de reflexión que siguió a aquella acción estúpida me obligó a admitir la necesidad de sofocar mi orgullo, contener la ira, y ocuparme de reparar sus efectos. Un inesperado auxilio se me presentó al poco en la forma de Throttler, a quien ahora reconocía como el hijo de nuestro viejo Skulker. Había pasado su época de cachorro en la Granja y mi padre se lo había dado a Hindley. Me figuro que me conoció. Frotó el hocico contra mi nariz a modo de saludo y se apresuró a devorar las gachas de avena, mientras yo iba a tientas de escalón en escalón recogiendo los cacharros rotos y secando con mi pañuelo las manchas de leche del pasamanos. Apenas habíamos terminado nuestra tarea cuando oí los pasos de Earnshaw en el corredor. Mi ayudante escondió el rabo y se apretó contra la pared, yo me oculté en la puerta más próxima. El perro fracasó en su intento de evitarle, como supuse por las carreras que oí por abajo y los prolongados y lastimeros aullidos. Yo tuve mejor suerte: pasó, entró en su habitación y cerró la puerta. Inmediatamente subió Joseph con Hareton para acostarle. Yo había encontrado refugio en el cuarto de Hareton y el viejo, al verme, dijo: