Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La frialdad del señor Edgar Linton me deprimió profundamente. Y todo el camino desde la Granja daba vueltas en la cabeza a cómo podría poner más calor en lo que dijo, cuando yo se lo repitiera, y a cómo suavizar su negativa a escribir ni unas líneas para consolar a Isabella. Aseguraría que me había estado esperando desde la mañana. La vi mirando por la ventana cuando me acercaba por el sendero del jardín y le hice una seña con la cabeza, pero se retiró, como si temiera que la estuvieran observando. Entré sin llamar. ¡Nunca se vio escena tan desoladora y triste como la que presentaba aquella casa, en otro tiempo tan alegre! He de confesar que, de estar en el lugar de la señora, al menos habría barrido el hogar y limpiado el polvo de las mesas. Pero ya participaba del contagioso espíritu de abandono que la rodeaba. Tenía el bonito rostro pálido y apático y el pelo sin rizar: algunos mechones colgando sin gracia y otros descuidadamente recogidos alrededor de la cabeza. Probablemente no se había cambiado de ropa desde la tarde anterior. Hindley no estaba allí. El señor Heathcliff se encontraba sentado a la mesa, revolviendo unos papeles de su cartera, pero se levantó cuando entré, me preguntó muy amable cómo estaba, y me ofreció una silla. Era lo único allí que parecía presentable y pensé que nunca había tenido mejor aspecto. Las circunstancias habían alterado tanto su posición que ciertamente cualquier extraño le hubiera tomado por un caballero bien nacido y criado, y a su mujer por una abandonada total. Vino hacia mí ansiosa por saludarme y me tendió una mano como para coger la esperada carta. Negué con la cabeza. No entendió mi indicación, sino que me siguió a un aparador adonde fui a dejar mi sombrero y me instó en un murmullo a que le diera de inmediato lo que había traído. Heathcliff adivinó el significado de su maniobra y dijo: