Cumbres Borrascosas

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Me retorcía las manos y gritaba. El señor Linton apresuró su paso al oír el ruido. En medio de mi agitación, me alegré sinceramente al ver que los brazos de Catherine habían caído lánguidos y que se le inclinaba la cabeza.

«Se ha desmayado o se ha muerto —pensé—. Tanto mejor. Mucho mejor que se muera que seguir siendo una carga y un motivo de desdichas para todos los que la rodean».

Edgar saltó hacia su inesperado huésped, pálido de estupor y de ira. Lo que se proponía hacer no lo sé, pero el otro detuvo al punto todas sus demostraciones poniéndole en los brazos el cuerpo de aspecto exánime.

—¡Mire! —dijo—. Si no es usted un demonio, ayúdela primero… luego hablará conmigo.

Se fue a la salita y se sentó. El señor Linton me llamó, y con gran dificultad y después de recurrir a muchos medios, conseguimos que volviera en sí, pero estaba toda trastornada, suspiraba y gemía y no conocía a nadie. Edgar, angustiado por ella, olvidó al odiado amigo de su esposa. Yo no. Fui a la primera oportunidad y le rogué que se marchara, asegurándole que Catherine estaba mejor y que por la mañana tendría noticias mías de cómo había pasado la noche.


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