Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Señora Heathcliff —le dije seriamente—, perdone que la moleste. Me atrevo, porque estoy seguro de que con esa cara no puede por menos de tener buen corazón. IndÃqueme algunos puntos de referencia por los que pueda reconocer el camino a casa. ¡No tengo más idea de cómo llegar allà que la que usted tendrÃa de cómo llegar a Londres!
—Coja el camino por el que vino —respondió, arrellanándose en una silla, con una vela y el libraco abierto ante ella—. Es un consejo breve, pero el mejor que le puedo dar.
—Entonces, si se entera de que me han encontrado muerto en un pantano o en un pozo lleno de nieve, ¿su conciencia no le susurrará que es, en parte, por su culpa?
—¿Por qué? Yo no le puedo acompañar. No me dejarÃan ir ni hasta el extremo de la tapia del jardÃn.
—¡Usted! Yo sentirÃa hasta pedirle que cruzara el umbral por mà en una noche como ésta —grité—. Lo que quiero es que me diga el camino, no que venga conmigo, o bien que convenza al señor Heathcliff para que me dé un guÃa.
—¿Quién? Estamos él, Earnshaw, Zillah, Joseph y yo, ¿a quién quiere?
—¿No hay criados en la granja?
—No, ésos son todos.