Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Con este insulto se me agotó la paciencia. Proferà una frase de indignación y, empujándole, salà al patio donde, en mis prisas, tropecé con Earnshaw. Estaba tan oscuro que no veÃa la salida, y mientras daba vueltas por allÃ, oà otra muestra del educado trato que se gastaban entre ellos. Al principio el joven parecÃa apoyarme.
—Iré con él hasta el parque —dijo.
—¡Irás con él al infierno! —exclamó su amo, o lo que fuera—. ¿Y quién va a cuidar de los caballos, eh?
—La vida de un hombre es más importante que descuidar a los caballos por una noche. Alguien tiene que ir —murmuró la señora Heathcliff, con más amabilidad de la que esperaba.
—No porque tú lo mandes —replicó Hareton—. Si te interesas por él, más vale que te calles.
—¡Entonces espero que su espÃritu te persiga, y que el señor Heathcliff no tenga otro inquilino hasta que la Granja sea una ruina! —contestó ella, tajante.
—¡Escuche, escuche, les está maldiciendo! —murmuró Joseph, hacia quien me habÃa dirigido.
Estaba sentado a corta distancia, ordeñando las vacas a la luz de un farol que cogà sin contemplaciones y, diciéndole a voces que lo devolverÃa al dÃa siguiente, corrà al portillo más cercano.