Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Por qué? Yo no le puedo acompañar. No me dejarÃan ir ni hasta el extremo de la tapia del jardÃn.
—¡Usted! Yo sentirÃa hasta pedirle que cruzara el umbral por mà en una noche como ésta —grité—. Lo que quiero es que me diga el camino, no que venga conmigo, o bien que convenza al señor Heathcliff para que me dé un guÃa.
—¿Quién? Estamos él, Earnshaw, Zillah, Joseph y yo, ¿a quién quiere?
—¿No hay criados en la granja?
—No, ésos son todos.
—Entonces se deduce que me veo obligado a quedarme.
—Eso lo arregla usted con su anfitrión. Yo no tengo nada que ver.
—Espero que le sirva de lección para no dar más paseos imprudentes por estos montes —gritó la dura voz de Heathcliff desde la puerta de la cocina—. En cuanto a quedarse aquÃ, no dispongo de alojamiento para visitantes. Si se queda, tendrá que compartir cama con Hareton, o con Joseph.
—Puedo dormir en una silla en esta habitación —repliqué.
—¡No, no!, un extraño es un extraño, sea rico o pobre. No va conmigo dejar que cualquiera ande por la casa cuando yo no estoy vigilando —dijo el miserable grosero.