Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Oh, malvada, malvada! —jadeó el viejo—. ¡Que el Señor nos libre de todo mal!
—¡No, réprobo! Estás condenado. ¡Fuera de aquà o te haré daño de verdad! Os modelaré a todos en cera y arcilla, y al primero que pase los lÃmites que yo marque le… no diré lo que le voy a hacer… pero ¡ya lo veréis! ¡Vete, te estoy mirando!
La brujita infundió una burlona malignidad a sus hermosos ojos y Joseph, temblando de verdadero pavor, salió precipitadamente, rezando y exclamando «malvada» al tiempo que se iba. Pensé que su conducta podÃa deberse a una especie de broma siniestra y, ahora que estábamos solos, traté de interesarla en mi angustia.
—Señora Heathcliff —le dije seriamente—, perdone que la moleste. Me atrevo, porque estoy seguro de que con esa cara no puede por menos de tener buen corazón. IndÃqueme algunos puntos de referencia por los que pueda reconocer el camino a casa. ¡No tengo más idea de cómo llegar allà que la que usted tendrÃa de cómo llegar a Londres!
—Coja el camino por el que vino —respondió, arrellanándose en una silla, con una vela y el libraco abierto ante ella—. Es un consejo breve, pero el mejor que le puedo dar.
—Entonces, si se entera de que me han encontrado muerto en un pantano o en un pozo lleno de nieve, ¿su conciencia no le susurrará que es, en parte, por su culpa?