Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Bueno, señor Lockwood, discutí, me quejé y me negué en redondo cincuenta veces, pero al fin me obligó a llegar a un acuerdo. Me comprometí a llevar a mi señora una carta suya y, si ella consentía, le prometí avisarle la próxima vez que Linton se ausentara de casa, para que pudiera venir y entrar por sus propios medios. Yo no estaría y mis compañeras de servicio también estarían ausentes. ¿Hice bien o mal? Me temo que mal, aunque lo conveniente. Pensé que evitaba otro estallido con mi intervención, y pensé también que podría crear una crisis favorable en la enfermedad mental de Catherine. Entonces recordé los serios reproches del señor Linton por andarme con cuentos, y traté de ahuyentar toda inquietud sobre el asunto, asegurándome reiteradamente que esa deslealtad, si merecía tan duro nombre, sería la última. A pesar de todo, mi regreso a casa fue más triste que mi viaje de ida, y muchos temores me asaltaron antes de convencerme a mí misma de poner la misiva en manos de la señora Linton.
Pero aquí llega Kenneth. Voy a bajar a decirle que está usted mucho mejor. Mi historia es triste, pero aún nos servirá para entretener otra mañana.