Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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—Por la tarde —contó ella—, la misma tarde de mi visita a las Cumbres, yo sabía, tan bien como si le viera, que el señor Heathcliff rondaba por allí. Evité salir, porque todavía tenía su carta en el bolsillo y no quería que me amenazara o me importunara más. Había decidido no dársela hasta que mi amo se fuera a alguna parte, pues no podía imaginarme qué efecto causaría a Catherine el recibirla. La consecuencia fue que no llegó a ella antes de tres días. El cuarto era domingo y se la llevé a su habitación cuando todos se habían ido a la iglesia. Quedaba un criado para guardar la casa conmigo y generalmente teníamos la costumbre de cerrar las puertas durante las horas del servicio religioso, pero en esa ocasión el tiempo era tan cálido y agradable que las dejé abiertas de par en par y, para cumplir mi promesa, puesto que sabía quién iba a venir, le dije a mi compañero que la señora deseaba vivamente comer naranjas, que corriera al pueblo a comprar unas pocas, que se pagarían al día siguiente. Salió y yo subí.







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