Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La señora Linton estaba sentada, con un amplio vestido blanco y un ligero chal sobre los hombros, en el hueco de la ventana abierta, como de costumbre. La espesa y larga cabellera se la habÃan cortado en parte al principio de su enfermedad y ahora la llevaba sencillamente peinada en sus mechones naturales sobre las sienes y el cuello. TenÃa el aspecto cambiado, como le habÃa dicho yo a Heathcliff, pero cuando estaba tranquila, aquel cambio parecÃa dotarle de una belleza celestial. El fulgor de sus ojos habÃa dado paso a una suavidad soñadora y melancólica. Ya no daban la impresión de mirar los objetos a su alrededor, parecÃa que miraban más allá, mucho más allá… se dirÃa que ya fuera de este mundo. Entonces la palidez de su rostro —el aspecto demacrado habÃa desaparecido al recuperar las carnes— y la peculiar expresión producida por su estado mental, aunque sugerÃan penosamente sus causas, aumentaban el conmovedor interés que despertaba, pero —sé que invariablemente para mà y dirÃa que para cualquier persona que la veÃa—, refutaban las pruebas más tangibles de su convalecencia y la marcaban como alguien condenado a morir.