Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Yo no descansaré en paz —gimió Catherine, recayendo en una sensación de debilidad física debido a los violentos y desiguales latidos de su corazón que palpitaba de forma visible y audible bajo aquel exceso de agitación. No dijo nada más hasta que hubo terminado el paroxismo, luego continuó más amablemente:
—No te deseo más tormento del que yo tengo, Heathcliff. Sólo quisiera que no nos separáramos nunca y, si en adelante una palabra mía te duele, piensa que el mismo dolor siento yo bajo tierra, ¡y por mi amor, perdóname! ¡Ven aquí y arrodíllate de nuevo! Nunca en tu vida me has hecho daño. ¡No, y si alimentas algún enojo, eso será peor de recordar que mis duras palabras! ¿No vas a volver a venir? ¡Ven!
Heathcliff se fue al respaldo de su silla y se inclinó hacia ella, pero no tanto como para que Catherine pudiera verle la cara que tenía lívida de emoción. Ella se dio la vuelta para mirarle, pero él no se lo permitió. Se volvió bruscamente y se marchó hasta la chimenea, donde se quedó de pie, silencioso, dándonos la espalda. La mirada de la señora Linton le seguía recelosa. Cada movimiento despertaba en ella nuevos sentimientos. Después de una pausa y una prolongada mirada, continuó dirigiéndose a mí en un tono de indignada decepción…
