Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Va usted a hacer caso de sus desvarÃos? —dije con vehemencia—. No sabe lo que dice. ¿La va usted a perder porque no tenga juicio para salvarse a sà misma? ¡Levántese! PodrÃa liberarse al instante. Esto es lo más diabólico que ha hecho nunca. Estamos todos perdidos… el señor, la señora y la criada.
Me retorcÃa las manos y gritaba. El señor Linton apresuró su paso al oÃr el ruido. En medio de mi agitación, me alegré sinceramente al ver que los brazos de Catherine habÃan caÃdo lánguidos y que se le inclinaba la cabeza.
«Se ha desmayado o se ha muerto —pensé—. Tanto mejor. Mucho mejor que se muera que seguir siendo una carga y un motivo de desdichas para todos los que la rodean».
Edgar saltó hacia su inesperado huésped, pálido de estupor y de ira. Lo que se proponÃa hacer no lo sé, pero el otro detuvo al punto todas sus demostraciones poniéndole en los brazos el cuerpo de aspecto exánime.
—¡Mire! —dijo—. Si no es usted un demonio, ayúdela primero… luego hablará conmigo.