Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Tengo que irme, Cathy —dijo Heathcliff, intentando desasirse de los brazos de su compañera—. Pero si vivo, te veré de nuevo antes de que te duermas. No me alejaré ni cinco yardas de tu ventana.
—¡No debes irte! —respondió, asiéndole con tanta firmeza como sus fuerzas se lo permitÃan—. No te irás, te lo aseguro.
—Sólo por una hora —suplicó de todo corazón.
—Ni un minuto —replicó ella.
—Tengo que irme… Linton estará aquà enseguida —insistió el intruso alarmado.
Él se hubiera levantado y desprendido de sus dedos por la fuerza… pero ella se le aferró, jadeante. Una loca resolución se reflejaba en su rostro.
—¡No! —chilló—. Oh, no te vayas, no te vayas. ¡Es la última vez! Edgar no nos hará daño. ¡Me moriré, Heathcliff! ¡Me moriré!
—¡Maldito imbécil! Ya está aquà —gritó Heathcliff, dejándose caer de nuevo en el asiento—. ¡Calla, cariño! ¡Calla, calla, Catherine! Me quedaré. Si me pegara un tiro, expirarÃa con una bendición en los labios.
Y volvieron a su apretado abrazo. Oà a mi amo subir las escaleras. Un sudor frÃo me corrió por la frente. Estaba horrorizada.