Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —La vida de un hombre es más importante que descuidar a los caballos por una noche. Alguien tiene que ir —murmuró la señora Heathcliff, con más amabilidad de la que esperaba.
—No porque tú lo mandes —replicó Hareton—. Si te interesas por él, más vale que te calles.
—¡Entonces espero que su espÃritu te persiga, y que el señor Heathcliff no tenga otro inquilino hasta que la Granja sea una ruina! —contestó ella, tajante.
—¡Escuche, escuche, les está maldiciendo! —murmuró Joseph, hacia quien me habÃa dirigido.
Estaba sentado a corta distancia, ordeñando las vacas a la luz de un farol que cogà sin contemplaciones y, diciéndole a voces que lo devolverÃa al dÃa siguiente, corrà al portillo más cercano.
—¡Amo, amo, que me roba el farol! —gritó el viejo persiguiéndome—. ¡Eh, Gnasher! ¡Wolf! ¡Perros, a él, a él!