Cumbres Borrascosas

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Al abrir el portillo, dos monstruos peludos se me lanzaron al cuello, derribándome y apagando la luz, mientras la risotada conjunta de Heathcliff y Hareton ponía el remate a mi rabia y humillación. Por fortuna, las bestias parecían más dispuestas a estirar las patas, bostezar y menear los rabos que a devorarme vivo, pero no toleraban que me levantara, y tuve que quedarme tendido hasta que a su maligno amo le dio la gana de liberarme. Entonces, sin sombrero y temblando de ira, ordené a aquellos rufianes que me dejaran salir —si me retenían un minuto más sería por su cuenta y riesgo—, con diversas amenazas incoherentes de venganza que, en la insondable profundidad de su virulencia, sonaban al Rey Lear.

La vehemencia de mi agitación me hizo sangrar copiosamente por la nariz, y Heathcliff venga a reírse, y yo a echar pestes. No sé cómo hubiera acabado la escena de no haber habido allí una persona más razonable que yo y más benévola que mi anfitrión. Se trataba de Zillah, la robusta ama de llaves que salió al fin a preguntar la causa de aquel alboroto. Pensó que alguno de ellos me había puesto las manos encima y, no atreviéndose a atacar a su amo, dirigió su artillería verbal contra el joven canalla.



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