Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »—Pero entonces —continué preparada para escapar—, si la pobre Catherine se hubiera fiado de ti y adoptado el ridÃculo, despreciable y degradante tÃtulo de señora Heathcliff, pronto habrÃa presentado un aspecto semejante. No habrÃa soportado calladamente tu abominable conducta, su aborrecimiento y asco habrÃan tenido que expresarse.
»El respaldo del escaño y la persona de Earnshaw se interponÃan entre él y yo, asà que, en lugar de intentar alcanzarme, cogió un cuchillo de la mesa y me lo tiró a la cabeza. Me dio debajo de la oreja e interrumpió la frase que estaba diciendo, pero arrancándolo, me puse de un salto en la puerta y le lancé otro que espero que se le clavara algo más hondo que a mà su proyectil. La última imagen que tengo de él es un furioso arranque detenido por el abrazo de su anfitrión y ambos caÃdos juntos ante el hogar. En mi huida por la cocina le pedà a Joseph que corriera a atender a su amo, derribé a Hareton que estaba en la puerta colgando una camada de cachorros del respaldo de una silla, y feliz como alma que escapa del purgatorio, bajé brincando, saltando y volando por el escarpado camino. Luego, dejando sus revueltas, me lancé directamente a través del páramo, rodando por los taludes, vadeando las ciénagas y precipitándome, de hecho, hacia el faro de la Granja. PreferirÃa mil veces que me condenaran a vivir eternamente en las regiones infernales que pasar una sola noche de nuevo bajo el techo de Cumbres Borrascosas.