Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La mañana siguiente —clara y alegre en el exterior— se deslizaba tamizada por las persianas de la silenciosa habitación y envolvÃa el lecho y a su ocupante con un tierno y suave resplandor. Edgar Linton tenÃa la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Sus hermosas y juveniles facciones eran casi tan cadavéricas como las del cuerpo que yacÃa a su lado, y casi tan inmóviles, pero su quietud era la del agotado por el sufrimiento, la de ella de perfecta paz. La frente tersa, los párpados cerrados y en los labios la expresión de una sonrisa, ningún ángel del cielo podÃa ser más hermoso que ella. Y yo compartÃa la calma infinita en que reposaba. Mi espÃritu no estuvo nunca en un estado de mayor santidad que mientras contemplaba aquella apacible imagen del divino descanso. Instintivamente repetÃa las palabras que ella habÃa dicho pocas horas antes: «¡Incomparablemente más allá y por encima de todos nosotros!». ¡Se halle aún en la tierra o ya en el cielo, su espÃritu está con Dios!