Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »Heathcliff no me miraba, y yo levanté la vista y contemplé sus facciones tan confiadamente como si se hubiera convertido en piedra. La frente, que en otro tiempo creí tan varonil y que ahora considero tan diabólica, estaba velada por una densa sombra, los ojos de basilisco se encontraban casi apagados por el insomnio y por el llanto, quizá, pues tenía entonces las pestañas húmedas, y a los labios, desprovistos de la mueca feroz, los sellaba una expresión de inefable tristeza. Si hubiera sido otro, yo me habría cubierto el rostro ante tanto dolor, pero tratándose de él me sentí gratificada y, por innoble que parezca ofender a un enemigo caído, no pude desperdiciar la ocasión de clavarle un dardo, su momento de debilidad era el único en que podía saborear el placer de pagar mal por mal.
—¡Qué vergüenza, qué vergüenza, señorita! —interrumpí—. Se diría que no ha abierto usted una Biblia en su vida. Seguro que debería bastarle con que Dios aflija a sus enemigos. ¡Es a la vez mezquino y pretencioso añadir sus tormentos a los de Dios!