Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Linton tiene exactamente seis meses menos que yo —parloteaba, mientras caminábamos tranquilamente por los altibajos del musgoso césped a la sombra de los árboles—. ¡Qué delicia será tenerle de compañero de juego! La tÃa Isabella mandó a papá un precioso rizo de su pelo. Era más claro que el mÃo… más rubio, e igualmente fino. Lo conservo cuidadosamente en una cajita de cristal y a menudo he pensado qué placer serÃa ver a su dueño. ¡Oh, qué feliz soy… y papá, querido, querido papá! ¡Vamos, Ellen, corramos, corramos!
CorrÃa, volvÃa, y echaba a correr de nuevo muchas veces antes de que mis mesurados pasos llegaran a la verja. Entonces se sentó en el borde de hierba junto al camino y trató de esperar pacientemente, pero era imposible, no podÃa estarse quieta ni un minuto.
—¡Cuánto tardan! —exclamó—. Veo algo de polvo en el camino… ya vienen. ¡No! ¿Cuándo estarán aquÃ? ¿No podrÃamos ir un poco más lejos… media milla, Ellen, sólo media milla? ¡Di que sÃ, hasta ese grupo de abedules del recodo!