Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas «¡SÃ, si podemos tenerle con nosotros!», pensé para mis adentros. Me asaltaron dolorosos recelos de que habÃa pocas esperanzas de ello, y luego pensé cómo vivirÃa aquel enclenque en Cumbres Borrascosas, entre su padre y Hareton, ¡qué compañeros de juego y qué maestros! Nuestras dudas se disiparon muy pronto… incluso mucho antes de lo que yo esperaba. Acababa de llevar a los niños arriba, después de terminado el té, y dejado a Linton dormido —no me permitió marcharme hasta entonces—, y habÃa bajado y estaba junto a la mesa del vestÃbulo encendiendo una vela para el dormitorio del señor Linton, cuando una criada salió de la cocina y me informó que Joseph, el criado del señor Heathcliff, estaba en la puerta y querÃa hablar con el amo.
—Le preguntaré qué quiere primero —dije, notablemente preocupada—. Es una hora muy intempestiva para molestar a la gente y más cuando acaban de llegar de un largo viaje. No creo que el señor pueda verle.
Joseph habÃa atravesado la cocina mientras yo pronunciaba esas palabras y ahora se presentaba en el vestÃbulo. Llevaba puesta la ropa de los domingos y la cara más santurrona y avinagrada y, sujetando el sombrero con una mano y el bastón con la otra, procedió a limpiarse los zapatos en el felpudo.
—Buenas noches, Joseph —dije frÃamente—. ¿Qué te trae aquà esta noche?
—Es con el señor Linton con quien quiero hablar —respondió, apartándome con gesto de desdén.