Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —El señor Linton se está acostando, a no ser que tengas algo especial que decirle, estoy segura de que no te escuchará ahora —continué—. Será mejor que te sientes y me confÃes tu mensaje a mÃ.
—¿Cuál es su habitación? —continuó el hombre, pasando revista a la hilera de puertas cerradas.
Comprendà que estaba decidido a rechazar mi mediación, asà que subà de muy mala gana a la biblioteca y anuncié al inoportuno visitante, aconsejando que se le despidiera hasta el dÃa siguiente. El señor Linton no tuvo tiempo de autorizarme a hacerlo, porque subió pisándome los talones y, metiéndose en la habitación, se plantó en el otro extremo de la mesa, con las dos manos puestas en el puño del bastón, y empezó en voz alta como anticipándose a una negativa:
—Heathcliff me ha mandado a por su hijo y no me puedo volver sin él.
Edgar Linton guardó silencio un minuto. Una expresión de profundo dolor veló su rostro. El niño ya le daba lástima a él, pero recordando las esperanzas y temores de Isabella, los angustiosos deseos respecto de su hijo y sus recomendaciones de que lo tomara a su cargo, le dolÃa amargamente la perspectiva de entregarlo, y buscaba en su corazón el medio de evitarlo. No se le ocurrió ningún plan. La mera exposición del deseo de retenerle hubiera hecho la reclamación más perentoria. No habÃa más remedio que entregarlo. Pero no iba a despertarlo de su sueño.