Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Hasta que alcanzó la edad de trece años no había salido sola más allá de los límites del parque ni una vez. El señor Linton la sacaba con él hasta una milla más o menos en contadas ocasiones, pero no se la confiaba a nadie más. Gimmerton era un nombre sin sentido para sus oídos y la iglesia el único edificio al que se había acercado o entrado a excepción de su propia casa. Cumbres Borrascosas y el señor Heathcliff no existían para ella. Era una perfecta reclusa y, al parecer, plenamente contenta. A veces, desde luego, contemplando el paisaje desde la ventana de su cuarto, observaba:

—Ellen, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que pueda ir a la cima de aquellos montes? Me pregunto qué habrá al otro lado… ¿el mar?

—No, señorita Cathy —contestaba yo—, hay más montes, iguales que ésos.

—Y ¿cómo son esas rocas doradas cuando estás debajo de ellas? —preguntó una vez.

El abrupto despeñadero del Risco de Penistone le llamaba particularmente la atención, en especial cuando el sol poniente brillaba en él y en las cumbres más altas, y todo el resto del paisaje alrededor quedaba en sombra. Le expliqué que eran masas de piedra desnuda, con apenas suficiente tierra en sus grietas para alimentar un árbol raquítico.

—¿Y por qué brillan tanto tiempo después de que aquí haya oscurecido? —prosiguió.


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