Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Apenas pude contener la sonrisa ante esta antipatía hacia el pobre chico, que era un joven bien formado, atlético, bien parecido en sus facciones, sano y robusto, pero vestido con ropas propias de sus ocupaciones cotidianas de trabajar en la granja y holgazanear por los páramos tras los conejos y la caza. No obstante, pensé que se podía detectar en su fisonomía una mente que poseía mejores cualidades que las que nunca tuvo su padre. Buenas semillas, seguro, perdidas entre una maraña de malas hierbas cuya fertilidad ahogaba con creces su descuidado cultivo, pero, a pesar de todo, eran la prueba de un suelo rico que podría producir exuberantes cosechas en circunstancias más favorables. El señor Heathcliff, creo yo, no le había maltratado físicamente, gracias a su carácter intrépido, que no tentaba a esa clase de opresión. No tenía nada de esa tímida susceptibilidad que hubiera dado gusto maltratar, a juicio de Heathclifff. Parecía que había puesto su maldad en embrutecerle. Nunca le enseñó a leer ni a escribir, nunca le reprendió por ninguna mala costumbre que no molestara a su guardián, nunca le guió un solo paso hacia la virtud ni le previno con un solo precepto contra el vicio. Y, por lo que oí, Joseph contribuyó mucho a su deterioro con su parcialidad de estrechas miras que le impulsaba a adularle y mimarle, desde niño, porque era el cabeza de la vieja familia. Y lo mismo que había tenido la costumbre de acusar a Catherine Earnshaw y a Heathcliff, cuando niños, de agotar la paciencia del amo llevándole a buscar consuelo en la bebida con lo que él llamaba sus «vergonzosos modales», así ahora echaba toda la carga de las faltas de Hareton sobre los hombros del usurpador de su propiedad. Si el chico decía palabrotas no le corregía, ni siquiera cuando se portaba mal. A Joseph, al parecer, le producía satisfacción verle caer en los peores extremos. Admitía que estaba echado a perder, que su alma estaba entregada a la perdición, pero entonces razonaba que era Heathcliff el que tenía que responder de ello, que hallarían en sus manos la sangre de Hareton, y ese pensamiento le producía un inmenso consuelo. Joseph le había inculcado el orgullo de su nombre y de su linaje y, de haberse atrevido, habría alimentado el odio entre él y el actual propietario de las Cumbres, pero su miedo a aquel propietario llegaba a la superstición, de modo que limitaba sus sentimientos hacia él a insinuaciones entre dientes y a amenazas en su fuero interno. No pretendo conocer íntimamente el modo de vida habitual por aquel entonces en Cumbres Borrascosas. Sólo hablo de oídas, pues vi poco. La gente del pueblo afirmaba que el señor Heathcliff era tacaño y un amo duro y cruel para sus arrendatarios. Pero que la casa, por dentro, había recuperado su antiguo aspecto de comodidad bajo el gobierno de una mujer y que las escenas turbulentas, frecuentes en tiempos de Hindley, no se representaban ahora dentro de sus paredes. El amo era demasiado lúgubre para buscar la compañía de nadie, bueno o malo, y todavía lo es.


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