Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Está demasiado lejos para mà —murmuró su primo—. Andar cuatro millas me matarÃa. No, venga usted aquÃ, señorita Catherine, de vez en cuando, no todas las mañanas, sino una o dos veces por semana.
El padre echó a su hijo una mirada de profundo desprecio.
—Me temo, Nelly, que mi esfuerzo será inútil —me dijo en voz baja—. La «señorita Catherine», como la llama el tonto, descubrirá lo que vale y le mandará al diablo. ¡Ah, si hubiera sido Hareton…! ¿Sabes que veinte veces al dÃa envidio a Hareton con toda su degradación? HabrÃa amado al chico de haber sido otro cualquiera. Pero creo que no hay peligro de que ella se enamore. Le incitaré contra esa vil criatura, a no ser que se espabile rápidamente. Calculamos que apenas llegará a cumplir los dieciocho años. ¡Oh, maldito soso! Está absorto en secarse los pies y ni la mira… ¡Linton!
—SÃ, padre —respondió el chico.
—¿No tienes nada que enseñarle a tu prima por ahÃ? ¿Ni un conejo o un nido de comadrejas? Llévatela al jardÃn, antes de cambiarte de zapatos, y al establo, a que vea tu caballo.
—¿No preferirÃas quedarte aquà sentada? —preguntó Linton, dirigiéndose a Cathy, en un tono que expresaba reticencia a moverse.
—No sé —respondió ella, echando una anhelante mirada a la puerta y deseando, a todas luces, estar activa.