Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Qué mala eres, Ellen! —exclamó Catherine corriendo para atacarme a continuación con sus profusas caricias—. ¡Qué mala, Ellen! ¡Tratar de impedirme entrar aquÃ! Pero en el futuro daré este paseo todas las mañanas. ¿Puedo, tÃo? Y alguna vez traeré a papá. ¿No estará contento de vernos?
—¡Desde luego! —respondió el tÃo con una mueca mal reprimida, producida por la profunda aversión a los dos visitantes propuestos—. Pero espera —continuó, volviéndose a la señorita—. Ahora que lo pienso, será mejor que te lo diga. El señor Linton tiene un prejuicio contra mÃ. Nos peleamos una vez en nuestra vida con ferocidad nada cristiana y si le cuentas que vienes aquà te prohibirá las visitas por completo. Asà que no debes mencionárselo, a menos que no tengas interés en ver a tu primo de aquà en adelante. Puedes venir, si quieres, pero no debes decÃrselo.
—¿Por qué se pelearon? —preguntó Catherine notablemente alicaÃda.
—Pensaba que era demasiado pobre para casarme con su hermana —respondió Heathcliff—, y se enfadó porque me dio su mano. Se sintió herido en su orgullo y nunca me lo perdonará.
—¡Eso está mal! —dijo la señorita—. Algún dÃa se lo diré. Pero Linton y yo no tenemos nada que ver en su pelea. Entonces yo no vendré aquÃ. Irá él a la Granja.