Cumbres Borrascosas

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El joven se acercó y se dio a conocer. Ella le besó con fervor y se miraron asombrados del cambio que el tiempo había operado en la fisonomía de ambos. Catherine había alcanzado su plena estatura. Su figura era a la vez rolliza y esbelta, flexible como el acero, y todo su aspecto chispeante de salud y viveza. El de Linton, así como sus movimientos, era muy lánguido, y su figura en extremo frágil, pero había una gracia en sus modales que mitigaba esos defectos y que hacía que no resultara desagradable. Después de intercambiar con él numerosas muestras de cariño, se dirigió al señor Heathcliff, que se había quedado junto a la puerta y repartía su atención entre los objetos de dentro y los que estaban fuera, es decir, aparentando observar los últimos y en realidad fijándose sólo en los primeros.

—¡Entonces usted es mi tío! —exclamó ella, acercándose para besarle—. Me pareció que me agradaba, aunque estaba usted enfadado al principio. ¿Por qué no nos visita en la Granja con Linton? Ser todos estos años vecinos tan próximos y no vernos nunca es raro, ¿por qué lo ha hecho?

—Fui de visita una o dos veces, demasiadas, antes de que tú nacieras —respondió—. ¡Vaya… maldita sea! Si te sobran más besos dáselos a Linton, no los desperdicies conmigo.


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