Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Heathcliff me pidió que me calmara y, precediéndonos por el sendero, se apresuró a abrir la puerta. Mi señorita le echó varias miradas como si no supiera con exactitud qué pensar de él. Pero él sonrió al cruzarse su mirada y suavizó la voz al dirigirse a ella; y yo fui tan tonta como para imaginarme que el recuerdo de su madre le harÃa desistir de desear a la hija ningún mal. Linton estaba de pie junto al hogar. HabÃa estado paseando por los campos, pues tenÃa la gorra puesta, y llamaba a Joseph para que le trajera zapatos secos. Estaba alto para su edad, al faltarle aún unos meses para los dieciséis años. TenÃa todavÃa unas facciones bonitas, y los ojos y el cutis más radiantes de lo que recordaba, aunque con un lustre meramente pasajero, prestado por el aire puro y el sol agradable.
—Y ahora, ¿quién es ése? —preguntó Heathcliff, volviéndose a Cathy—. ¿Lo sabe?
—¿Su hijo? —dijo ella, después de inspeccionar dubitativa primero a uno y luego al otro.
—SÃ, sÃ. Pero ¿es ésta la primera vez que lo ve? ¡Piense! ¡Ah! Tiene mala memoria. Linton, ¿no te acuerdas de tu prima, con la que tanto solÃas darnos la lata porque querÃas verla?
—¡Qué, Linton! —gritó Cathy, iluminándose con una alegre sorpresa al oÃr el nombre—. ¿Es el pequeño Linton? ¡Es más alto que yo! ¿Eres Linton?