Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Amarle! —exclamé, con todo el desprecio que pude poner en la palabra—. ¡Amarle! ¿Habrase oÃdo algo semejante? Lo mismo podÃa yo decir que amo al molinero que viene una vez al año a comprar nuestro grano. ¡Bonito amor, desde luego! ¡]untando las dos veces que ha visto usted a Linton no llegan ni a cuatro horas en toda su vida! Pues aquà está la infantil hojarasca. Me voy con ella a la biblioteca y veremos qué dice su padre de tal amor.
Saltó a sus preciosas epÃstolas, pero las sujeté por encima de mi cabeza. Se desbordó entonces en frenéticos ruegos para que las quemara o hiciera cualquier cosa antes que enseñarlas. Y como yo tenÃa más ganas de reÃrme que de reñirla —pues consideraba todo aquello pura vanidad de muchacha—, al fin cedà un poco y le pregunté:
—Si consiento en quemarlas, ¿me promete de verdad no volver a enviar ni a recibir carta alguna, ni libro (porque me he dado cuenta de que le ha mandado libros), ni rizos de pelo, ni sortijas, ni juguetes?
—No nos mandamos juguetes —exclamó Catherine, dominando su orgullo a su vergüenza.
—Ni nada en absoluto, entonces, señora mÃa —dije yo—. Si no me lo promete, allá voy.
—¡Lo prometo, Ellen! —gritó ella, cogiéndome del vestido—. ¡Échalas al fuego, échalas, échalas!